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COLUMNAS DE OPINIÓN

El necesario cambio de paradigma en la metodología de enseñanza en la educación superior en Chile: “Desde un esquema expositivo hacia uno interactivo.”

Por: Tomás Pacheco,
Coordinador Políticas Públicas, LLM Universidad de California

Al alumno universitario chileno se le tilda de flojo, a mi juicio, de una manera injusta. Es fácil decir que el alumno no tiene una buena disposición para el estudio cuando la forma de enseñar del profesor es instalarse con una pizarra o presentación en power point durante una hora y media sin dejar hablar a nadie.

Existen quizás dos corrientes o dos grandes grupos de metodologías de enseñanza en Chile; los procesos expositivos y los interactivos. El primero se caracteriza porque el rol protagónico lo tiene el profesor. Se presenta él ante la clase como una suerte de semidios ominipotente que todo lo sabe y que no admite reproches de ningún tipo. Él es quien dirige. El alumno, por su parte, toma un rol pasivo y consiste generalmente en recibir la información que le transmite el docente. Acá hay poco o nada de espacio para los cuestionamientos, las preguntas y la interacción entre todos actores. Espacio en ambos sentidos; de temporalidad, por no dejar el profesor el tiempo para que haya un intercambio de ideas, y de idoneidad, ya que sencillamente no encaja bien la interacción de los alumnos en la clase con el esquema de enseñanza que plantea el profesor. El conocimiento es formalizado y sistemático. Las fuentes de información que se utilizan son indirectas y abstractas por lo no hay experiencia directa como soporte de los contenidos. El segundo, en cambio, pone al alumno en el centro. Consiste en un “trade–off” entre el profesor y su pupilo donde el diálogo y debate se presentan como las herramientas esenciales de aprendizaje. Se acaban las jerarquías y se le ve al profesor ya no como un exponente situado en un altar del saber, si no que como un moderador de la interacción que ocurre dentro del aula de clases. En este sistema existen metodologías más cerradas donde, por ejemplo, el profesor interroga a sus pupilos, o, más abiertas, donde se incentiva la participación y el debate entre los asistentes. Este método también se le conoce como socrático o comunicativo y para algunos autores es el más flexible, enriquecedor y económico de todas las metodologías.

Para mal, en la Educación Superior en Chile se utiliza el primer método. Uno superficial, liviano, de ritmo lento. 

Hace un tiempo se hizo conocida la carta abierta de un profesor de apellido Villegas, donde critica la disposición de aprender de los alumnos universitarios chilenos. Sus palabras: “Si hay que leer más de 2 páginas  colapsan; jamás llegan con preguntas acerca del tema tratado; jamás formulan pregunta alguna en las clases y un atroz etcétera. Si alguien quiere mejorar la calidad de la educación, pues que dé el ejemplo y estudie; pero no es éste el caso”.

Pues bien, al estudiante de educación superior se le tilda de flojo, a mi juicio, de una manera injusta. Pienso que el señor Villegas hace un análisis súper simplista. Hay por lo  menos un factor importante que se está dejando de lado. Es fácil decir que el alumno no tiene una buena disposición para el estudio cuando la forma de enseñar del profesor trata de instalarse con una pizarra o presentación en power point durante una hora y media sin dejar hablar a nadie; cuando las materias a tratar las conforman solo teorías, sin ejemplos, sin estudios de casos y sin dejar respirar el asunto entre los alumnos para que opinen. 

Creo que la culpa acá (como se dice) no es del chancho, sino de quien le da el afrecho. Estoy seguro que la misma evaluación podría hacerse de alumnos en países si se dejara de utilizar el método socrático, cambiándolo por el otro. Se acabaría de esa manera el incentivo, el empuje al alumno a participar, a cuestionarse las materias. Entrarían aquellos en la misma siesta que están los alumnos universitarios chilenos hoy. El profesor tomaría de nuevo este banquillo de la verdad y la sabiduría completa. Él es quien sabe, por lo que poco o nada tienen que aportar los asistentes a sus presentaciones. Porque no es más que eso. Una presentación de un tema frente a un grupo de personas. Lo mismo entonces podría hacerse por vía remota donde los alumnos solo necesitasen mirar el video del profesor diciendo lo que ellos deben repetir en una prueba para aprobar la asignatura. No hay nada más. No se necesita nada más. Al alumno no le interesa la opinión de sus compañeros. No hay un aterrizaje de los asuntos por medio de la experiencia porque sencillamente el profesor ideó la clase solo con la teoría de los contenidos

Un buen ejemplo de la aplicación del método interactivo las conforman las Universidades estadounidenses. Allá, por ejemplo, en el estudio del Derecho, la forma de enseñar consiste en interesantes debates entre los alumnos y profesores de los temas, provocando un enfoque más práctico y menos teórico de las cátedras. Ponen sobre la mesa problemas reales y, así se discuten también, posibles soluciones reales. Se le hace pensar al estudiante y no se le pide engullir las leyes y reglas. Debe criticar y argumentar.

No es de extrañar entonces, que, cuando el alumno chileno comienza el estudio de un posgrado enfrentándose a universidades que utilizan este método, haya una cierta reticencia para adoptarlo.

Es necesario que podamos ver el “big picture” del problema. Mucho se habla de la calidad de la educación, y la metodología que se ocupe por cierto que influye en ella. Es necesario que los profesores analicen si es que acaso  la forma como están enseñando es la correcta para despertar el “hambre” de aprender. Si las universidades chilenas no figuran en los rankings internacionales que evalúan la calidad y prestigio de las instituciones, creo que harto tiene que ver el hecho que se siga utilizando un método que en gran parte de los países más desarrollados lo ven como un error del que aprendieron hace ya varios años. 

ALIANZAS ESTRATÉGICAS