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COLUMNAS DE OPINIÓN

Educación Superior y Posgrados: No olvidemos a los técnicos

Por: Loreto Cox,
Estudiante de PhD en MIT

La educación técnico profesional, además de mejorar el futuro laboral de quienes pasan por ella, tiene el potencial de convertirse en un pilar relevante para el desarrollo del país (ver informe de la comisión para una política de formación técnico profesional en Chile, de 2009; o la Estrategia Nacional de Innovación para la Competitividad). Las carreras técnicas tienen, además, la ventaja de que suelen ser más cortas y más baratas, algo que con gratuidad seguirá siendo relevante para las finanzas públicas. No obstante, hay dudas sobre la calidad de nuestros técnicos (ver informe ya citado), y también respecto de su cantidad; por ejemplo, en 2013 la Sofofa estimaba que faltaban 600.000 técnicos en el país.  

En educación superior, los jóvenes chilenos han comenzado a valorar más la opción de una carrera técnica para su futuro. Desde el 2011 que la matrícula en primer año de educación superior en institutos profesionales (IPs) y centros de formación técnica (CFTs) supera a la de universidades, llegando este año a un 55% de los jóvenes que entraron al sistema. Sin embargo, el gasto público claramente no está enfocado al mundo técnico; del presupuesto nacional de becas en educación superior, menos de un cuarto está destinado a la Beca Nuevo Milenio, que es la beca especializada en instituciones técnicas. Esto, por supuesto, sin considerar que las universidades, y en particular las del CRUCh, reciben también fondos directos que alcanzan del orden de un cuarto del total del presupuesto fiscal para la educación superior, fondos a los que los IPs y CFTs no acceden.

Esta desigualdad en apoyo fiscal entre el mundo técnico y el no técnico es importante desde el punto de vista de la equidad; los jóvenes de hogares de menos ingresos acceden en menor medida a la educación superior (la tasa de matrícula bruta del decil más rico es casi tres veces aquella del decil más pobre), pero entre aquellos que estudian, en el decil inferior un 37% lo hace en instituciones técnicas, comparado con menos de un 12% en el decil superior (Casen 2013). Ésta es una cara más de la regresividad del gasto en educación superior.

El programa Becas Chile (que financia programas en el extranjero) es todavía más radical en estas diferencias: los fondos de las pasantías para técnicos alcanzan menos de un 8% de aquellos para becas de profesionales no técnicos. Es razonable pensar que para los egresados universitarios estudiar en el extranjero pueda ser más valioso que para los técnicos, porque la calidad de sus posgrados depende en mayor medida de un ambiente académico que es difícil de replicar en Chile. Pero esto no obsta que se puedan buscar alternativas para apoyar más fuertemente al sector técnico desde Becas Chile. Por ejemplo, en lugar de sólo pensar en enviar técnicos al extranjero –una política de alto costo por beneficiario--, se podrían también traer profesores técnicos extranjeros de alto nivel a realizar pasantías en Chile, pudiendo abrirse los cursos a un número mucho mayor de beneficiarios. Una medida como ésta podría, a un costo relativamente bajo, tener un alto impacto. Por supuesto, hay muchas alternativas posibles y ellas deben evaluarse en su mérito. 

En este momento de redefiniciones del sistema de educación superior, es indispensable tener un debate sobre las políticas de apoyo al mundo técnico. El sector técnico es fundamental para el desarrollo del país y para la movilidad social, y nuestras políticas públicas a menudo lo han olvidado.

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